Bienvenidos y bienvenidas al inicio de nuestro recorrido. Nos encontramos en la calle Barrainkua, cuyo nombre proviene de una influyente familia de la antigua anteiglesia de Abando. Entre sus miembros más destacados encontramos a Hordoño de Barraincúa, diputado general de Vizcaya en 1704, y a Juan de Barraincúa, alcalde de Bilbao en el siglo XVII, recordado por su entrega durante una gran epidemia que asoló la villa.
Pero si cerramos los ojos por un momento, cuesta imaginar que esta calle céntrica y bulliciosa fuera, en el pasado, un espacio de huertas y caseríos. Con la expansión urbana del siglo XIX, Bilbao convirtió este paisaje rural en un barrio moderno, lleno de talleres, comercios y viviendas burguesas.
Un buen ejemplo de esta transformación es el actual Centro Municipal de Distrito de Abando. El edificio nació en 1898 como lavadero público, fruto de una iniciativa popular. Con el tiempo cambió de usos, hasta que en 2020 fue completamente reformado: se conservó su fachada histórica y se añadieron espacios modernos de cristal y luz. Hoy es un lugar que refleja muy bien el espíritu bilbaíno: respetar el pasado, pero siempre mirando hacia el futuro.
El Centro Municipal de Distrito de Abando forma parte de la red de centros municipales que se extiende por los 8 distritos de Bilbao. Cada distrito cuenta con su propio Consejo de Distrito que es un órgano de participación a través del cual los grupos políticos, asociaciones vecinas y vecinos de un distrito pueden debatir cuestiones y hacer propuestas relacionadas con el distrito y sus barrios.
La oficina municipal del Distrito 6 – Abando, y la sede del Consejo de Distrito se ubican en el CMD de Barrainkua.
Este espacio es un lugar donde poder participar, recibir atención, hacer trámites administrativos, y donde se ofrecen servicios cómo salas de reuniones, sala de exposiciones cursos y talleres municipales, wifi, y otros.
Nos encontramos ahora en la Plaza Jado, un espacio urbano con carácter propio. Su nombre rinde homenaje a Laureano Jado, ingeniero, jurista y gran coleccionista de arte. Gracias a su generosidad, el Museo de Bellas Artes de Bilbao conserva hoy más de 270 piezas de su colección, que van desde obras del Greco hasta esculturas medievales.
La plaza fue diseñada en los años 40 y, desde entonces, se ha rodeado de edificios elegantes que muestran el Bilbao de comienzos del siglo XX, una ciudad próspera, industrial y moderna.
En el centro nos recibe una fuente de mármol blanco, custodiada por tres leones. No están ahí por casualidad: son un guiño al Athletic Club, los leones de San Mamés. La copa central del surtidor recuerda, además, la Copa de la Coronación, el primer trofeo oficial ganado por el club en 1902.
Y si miramos con atención, descubriremos también una escultura de bronce: “Maternidad”, de Lorenzo Frechilla. Una madre sostiene a su hijo en brazos, transmitiendo calma e intimidad en medio del bullicio urbano. Un bello contraste que define bien el carácter de Bilbao.
Nuestra siguiente parada nos traslada a un curioso vínculo entre Bilbao y Estados Unidos. Aquí encontramos el busto de John Adams, obra de Lurdes Umérez. Es un busto de bronce que representa al segundo presidente de Estados Unidos. En 1780, en plena guerra de independencia, Adams pasó cinco días en la ciudad junto a su hijo John Quincy, futuro presidente. Quedó fascinado por el sistema foral vasco, que describió como un modelo único de libertad y autogobierno.
Muy cerca se alza el imponente Palacio de la Diputación Foral de Bizkaia, obra de Luis Aladrén e inaugurado el día de San Ignacio, 31 de julio de 1900. Ocupa los terrenos dónde en otro tiempo se levantó el caserío Zuazo. Su propietario presumía de ser aldeano en plena Gran Vía de Bilbao. El edificio construido en estilo ecléctico destaca por su sillería, esculturas, vidrieras y salones ornamentados. Este palacio que sigue siendo sede foral, simboliza la transición de Bizkaia hacia un modelo institucional moderno tras la abolición de los fueros.
Y justo frente a él se abre la gran arteria bilbaína: la Gran Vía Don Diego López de Haro, donde bancos, cafés históricos y comercios cuentan la historia económica de la ciudad. Una avenida que todavía hoy mantiene su aire de prestigio y elegancia.
Esta calle lleva el nombre de don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya, quien fundó la Villa de Bilbao el 15 de junio de 1300. Don Diego recibió el apodo de “el intruso”, por apoderarse del Señorío que correspondía a su sobrina María Díaz de Haro. Labayru dice de él: “Fue don Diego hombre de mucha energía y tenaz resolución, terrible como enemigo y de poderosa ayuda si se le tenía obligado por amor”.
Seguimos nuestro camino hacia la calle Arbieto, donde nos espera un curioso personaje: El Paseante. Esta escultura de José Ramón Gómez Nazábal, instalada en 1997, representa a un hombre anónimo con gabardina y paraguas. Está a pie de calle, sin pedestal, como si fuera un vecino más con el que pudiéramos cruzarnos en cualquier momento.
La calle Arbieto recuerda a una antigua casa-torre medieval, propiedad de Juan Pérez de Arbieto, enterrado en 1504 en la Catedral de Santiago bajo una sepultura gótica de gran belleza. Muy cerca de aquí también creció durante siglos el legendario árbol de Arbieto, un roble plantado en el siglo XII. Testigo de luchas y tragedias, se mantuvo en pie casi setecientos años, hasta caer en 1882. Los bilbaínos lo recordaban como “el abuelo de los robles de esta tierra”.
Nos encontramos ahora ante la escultura de José Antonio Aguirre, primer lehendakari del Gobierno Vasco. La obra, realizada por Francisco López Hernández e inaugurada en 2004, lo representa en bronce a tamaño natural. Aguirre lideró el Gobierno Vasco durante la Guerra Civil, defendiendo la democracia frente al franquismo. Falleció en el exilio en 1960, pero su figura sigue siendo un símbolo de libertad y dignidad.
Muy cerca se abre la Plaza Moyúa, auténtico corazón del Ensanche bilbaíno. Diseñada en 1873, su forma ovalada hizo que durante mucho tiempo se la conociera como la “plaza elíptica”. En sus jardines, de estilo francés e inglés, la fuente central aporta un respiro de calma en medio del tráfico urbano.
El nombre actual honra a Federico Moyúa, alcalde de Bilbao a comienzos del siglo XX, que impulsó grandes obras públicas como la presa de Ordunte o el Mercado de la Ribera.
Alrededor de la plaza destacan edificios como el palacio Chávarri, diseñado por el arquitecto belga Paul Hankar; el Hotel Carlton, obra de Manuel María Smith, inaugurado en 1926 y sede del Gobierno Vasco durante la Guerra Civil, ha alojado a personalidades como María Callas, Federico García Lorca, Albert Einstein o Manolete; y el edificio Aurora, obra de Manuel Galíndez, un ejemplo de art déco que aporta modernidad y elegancia.
Nuestro recorrido nos lleva a la calle Ercilla, donde descubrimos tres esculturas monumentales de bronce: Las Meninas de Manolo Valdés. Inspiradas en el cuadro de Velázquez, estas figuras simplificadas y geométricas se presentan sin pedestales, al alcance de la gente.
El artista quiso que los ciudadanos convivieran con ellas, que las tocaran, que se fotografiaran a su lado. Y así ha sido: las Meninas forman parte de la vida diaria bilbaína, convirtiendo la calle en un museo abierto al aire libre.
En esta zona recordamos también a otras figuras importantes: Rafael Rodríguez Arias, marino y ministro que impulsó la industria naval vizcaína, y José María Iparraguirre, poeta y músico, autor del himno Gernikako Arbola.
Nuestro recorrido concluye en el busto de Alonso de Ercilla y Zúñiga, realizado en bronce por Antonio Loperena, y que representa a este poeta y soldado del siglo XVI. Su obra La Araucana narró la resistencia del pueblo mapuche frente a la conquista española, y está considerada una de las grandes epopeyas de la literatura universal.
El monumento está acompañado por una araucaria, árbol nacional de Chile, que simboliza el vínculo entre literatura y territorio. Desde aquí, Bilbao se conecta con América y con la tradición literaria.
En esta zona se levantaba el antiguo almacén de maderas de Astorqui, sustituido en los años 30 por el actual Hotel Ercilla. Y también recordamos a Máximo Aguirre, empresario bilbaíno que en el siglo XIX impulsó el comercio, la minería y el ferrocarril Bilbao–Las Arenas. Una figura decisiva en la modernización de la villa.

